Todas las civilizaciones tienen una cosmovisión característica. Las personas desarrollan un conjunto de creencias, suposiciones y formas de interpretar la realidad que sirven como guías para comprender la vida. Esto incluye tanto una forma de contemplar la naturaleza humana como una forma de comprender el orden social, los valores morales o las propias ideas sobre lo que es la verdad.
A veces todo cambia y aparecen personas que hacen una revolución en esta cosmovisión concreta. Suelen ser filósofos, figuras religiosas o políticas. En 1859, fue el científico quien puso patas arriba la cosmovisión occidental. Su nombre era Charles Darwin.
¿Por qué El origen de las especies causó tantas ampollas?
La idea de que la selección natural fuera el mecanismo que explica la evolución fue una idea brillante. Dado que aún no se conocía la existencia de los genes, la intuición de Darwin merecía todos los elogios. Aunque lo verdaderamente innovador no fue la hipótesis en sí, sino lo que implicaba: el hombre ya no era algo único y excepcional. De un plumazo aplastó nuestros egos con una idea revolucionaria: nosotros, los racionales, ya no estábamos en el último peldaño de la escalera que conducía a la supuesta perfección.
Desde esta nueva perspectiva, los humanos éramos solo una rama del frondoso árbol de la vida, un animal más en el esplendor de la naturaleza, donde todos teníamos el mismo origen.
Con el paso de los años, esta audaz apuesta ha evolucionado desde la intuición de Darwin hasta la realidad confirmada en el laboratorio. El descubrimiento del ADN demostró que todos los seres vivos están relacionados genéticamente. La vida estaba escrita en el mismo código para todos.
Genial para algunos. Destructivo para los demás.
Descendientes de LUKA
Si bien hoy es absolutamente claro y cristalino que todas las criaturas descienden de LUCA, nuestro Último Ancestro Común Universal, a mediados del siglo XIX todo sonaba muy diferente. Convencer a mucha gente para que se identifique con los rábanos o los alcornoques ha sido todo un reto. No sería un error suponer que los monos narigudos de Borneo estaban estrechamente relacionados.
Por otro lado, privar a las personas de su estatus diferencial tenía implicaciones filosóficas muy difíciles de imaginar, ya que iban más allá de los aspectos puramente materiales de nuestra presencia en el planeta. Con el advenimiento de la hipótesis de Darwin, la moral, los valores éticos y las capacidades reflexivas, consideradas puramente humanas, dejaron de representar algo eterno e inmutable. Fueron el resultado de un proceso adaptativo comparable al que moldeó la forma de nuestras orejas o al que eligió el funcionamiento de nuestro hígado.
Además, nuestra propia existencia tampoco tendría por qué estar sujeta a un fin premeditado. Esto sólo puede explicarse como fruto de un camino aleatorio lleno de coincidencias evolutivas.

Esta representación gráfica de la evolución humana es tan conocida como imprecisa, tanto porque proporciona una visión finalista y determinista del proceso evolutivo como porque se cree que el origen de varios homínidos fue anagenético (unidireccional) más que cladogenético (ramificado).
No podría decir qué pilar de las ideas de Darwin fue el más sacudido: la biología, la filosofía o la teología. Pero ni la renuencia a asumirlas ni las críticas airadas pudieron detener lo que resultó ser evidencia científica.
Habiendo sobrevivido a las batallas más feroces, Darwin llegó a ser considerado uno de los mayores talentos de todos los tiempos.
Llevando el carbón a la sardina: varias apropiaciones del darwinismo
El potencial de las ideas contenidas en El origen de las especies no ha pasado desapercibido para sociólogos y políticos.
Darwin era una joya: el argumento aséptico y neutral que todos buscaban para darle un aspecto científico a sus postulados. Y es por eso que todos utilizaron la objetividad de la ciencia para justificar la subjetividad de sus ideologías. Es curioso que todos ellos, desde una posición claramente antagónica, cometieran el mismo error metodológico: mezclar churras con merino.
Por un lado, si comenzamos con la versión más despiadada del liberalismo capitalista, ha surgido lo que se ha dado en llamar darwinismo social. Conceptos puramente biológicos como “selección natural” o “supervivencia del más fuerte” fueron grandes expertos, antaño aplicados a la sociología, la economía y la política para justificar el excesivo abuso de poder de los “más fuertes” en detrimento de los “más débiles”. Para pensadores como Herbert Spencer, el principio de “todo vale” en los mercados competitivos era simplemente la manifestación social de la “supervivencia del más fuerte” en el mundo natural.
Este uso manipulado del darwinismo tomó una dirección diferente cuando el escenario de las diferentes clases sociales de la horrible Revolución Industrial de Inglaterra fue reemplazado por grupos nacionales o raciales. En estos contextos, se utilizaron usos perversos del darwinismo para justificar ideas tan aborrecibles como la eugenesia o el racismo.
Pero la izquierda no se quedó atrás. Marx reemplazó la lucha por la supervivencia con la lucha de clases, simplemente reemplazando el marco natural por uno histórico. Tanto es así que Engels, en el funeral de su colega, declaró que “Marx descubrió la ley de evolución de la historia humana”, sin mencionar que Darwin abandonó abiertamente la defensa del ateísmo. Una carta dirigida al activista Edward Aveling, fechada el 13 de octubre de 1880 y conservada en el Darwin Correspondence Project, preserva la negativa de nuestro científico a apoyar los argumentos que el materialismo histórico esgrimió contra el cristianismo. Muy sabiamente, Darwin, al tiempo que insinuaba su incompetencia en estas tareas, expresó un deseo claro y directo de permanecer exclusivamente en el campo de la ciencia.
Ciencia, ¿qué es la ciencia?
Esta clara separación entre el darwinismo científico y el darwinismo ideológico, curiosamente, no está representada por muchos científicos modernos. A diferencia de los grandes biólogos evolucionistas como Theodosius Dobzhansky, Francisco José Ayala, Stephen Jay Gould o Francis Collins, otros insisten en intentar justificar un conjunto de dogmas intangibles en los textos de Darwin. Se trata de los llamados darwinistas ortodoxos que hoy, como los científicos ateos del siglo XIX, insisten en que poder explicar la evolución de las especies mediante la selección natural es lo mismo que tener evidencia para negar la supuesta existencia de algo parecido a Dios.
Es un poco de pereza intelectual, pero esta batalla científico-religiosa caduca y anticuada sigue reviviéndose periódicamente. Muchas personas no parecen darse cuenta del todo de que se trata de un falso dilema (reduccionismo), que en realidad no es más que una trampa metodológica.
Darwin fue muy claro: la ciencia pertenece exclusivamente a lo que es de la ciencia. Y la cuestión no es que la política y/o la religión no tengan su verdad y/o mentira. La cuestión es que simplemente implican subjetividades que no pertenecen al campo del conocimiento científico ni funcionan metodológicamente de la misma manera.

